Esta vez no era un solo carruaje. Era una procesión.
Los ancianos de la aldea se apresuraron hacia el camino de tierra, haciendo una reverencia tan profunda que sus frentes rozaron la escarcha. Un joven, envuelto en pieles de seda color carbón y con el anillo de sello del Gobernador Provincial, pisó la tierra helada. Ya no era el niño destrozado con el muslo podrido; era un gobernante con una mirada cortante como un viento invernal.
—Busco a la Santa Ciego y su Sombra Silenciosa —resonó la voz del Gobernador, aunque había un matiz de reverencia debajo de su autoridad.
Yusha estaba de pie en la puerta de la clínica, limpiándose las manos con un delantal manchado. No hizo ninguna reverencia. Se había enfrentado a la muerte demasiadas veces como para dejarse intimidar por una corona.
—El Santo está ocupado cambiando un vendaje —dijo Yusha con voz grave—. Y la Sombra está cansada. ¿Qué quiere la ciudad de nosotros ahora?
El Gobernador, llamado Julián, se dirigió al porche. Se detuvo a tres pasos, con la mirada fija en el hombre que una vez fue un fantasma.
Mi padre ha muerto —dijo Julián en voz baja—. Murió maldiciendo al «monje» que me salvó, porque en el fondo sabía que ningún monje tiene manos de cirujano. Pasó sus últimos años intentando encontrar esta casa de nuevo para terminar lo que empezó en el Gran Incendio.
Zainab apareció en la puerta, con la mano apoyada en el marco. Llevaba un chal de color índigo intenso, y sus ojos ciegos parecían traspasar las galas de Julián.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Viniste a terminar su trabajo?
Julián se arrodilló sobre el barro helado. El pueblo contuvo el aliento.
—Vine a pagar los intereses de una deuda de hace diez años —respondió Julián—. La ciudad se está pudriendo, Zainab. Los médicos son charlatanes que desangran a los pobres por oro. Los hospitales son morgues. Estoy construyendo una Real Academia de Medicina y quiero que su director sea el hombre que salvó a un niño moribundo en una choza de barro.
Yusha se puso rígido. «Soy hombre muerto, Excelencia. No puedo regresar a la ciudad. Soy un mendigo. Un fantasma».
—Entonces el fantasma tendrá un estatuto —dijo Julián, levantándose y sacando un grueso pergamino de su túnica—. He firmado un decreto. Todos los crímenes pasados del médico Yusha quedan borrados. El Gran Incendio queda registrado oficialmente como un acto de la naturaleza. Te doy el poder de formar a una nueva generación. No en el arte de buscar oro, sino en el arte de curar.
La oferta era todo lo que Yusha había soñado: restauración, prestigio y la oportunidad de cambiar el mundo. Miró a Zainab. Vio cómo ella inclinaba la cabeza hacia las montañas que había llegado a conocer por sus ecos.
“¿Y qué pasa con mi esposa?” preguntó Yusha.
“Será la Matrona de la Academia”, dijo Julián. “Dicen que escucha el latido de una enfermedad incluso antes de que un médico toque al paciente. Ella es el alma de esta operación”.