Mi esposo me estrelló la cabeza contra el espejo del baño solo porque le pregunté dónde había ido a parar su sueldo.

Mauricio no permitió que Adriana saliera del baño hasta que Beatriz comprobó que no quedaban manchas visibles en el piso. Después la sujetó del brazo, la llevó al dormitorio de visitas y cerró con llave desde afuera.
—Vas a quedarte ahí hasta que aprendas a comportarte —gritó—. Y mañana llamarás a tu oficina para decir que estás enferma.
Adriana apoyó la espalda contra la puerta. Le dolía la cabeza y tenía náuseas, pero el llavero seguía transmitiendo. Del otro lado escuchó el tintinear de vasos y las voces de sus suegros.
—¿Y si llama a la policía? —preguntó Beatriz.
Ernesto soltó una carcajada.
—Dirá lo de siempre: que se cayó. Además, ¿quién va a creerle a ella contra toda esta familia?
Aquella frase quedó grabada con una claridad perfecta.
Ignoraban que Adriana llevaba tres semanas reuniéndose con una abogada del Centro de Justicia para las Mujeres. También había entregado a Javier fotografías de paquetes sellados, depósitos fraccionados y libretas que Mauricio escondía en el sótano. Al principio pensó que se trataba de evasión fiscal. Después comprendió que las cantidades eran demasiado grandes y los nombres demasiado peligrosos.
Por eso el llavero no estaba conectado únicamente con Javier. Desde que Adriana aceptó colaborar como testigo, la alerta también llegaba a la célula operativa que seguía las finanzas de Mauricio.
La cerradura giró al anochecer.
Mauricio entró con los ojos enrojecidos y arrojó sobre la cama una carpeta azul. Beatriz apareció detrás de él sosteniendo varias fotografías de los moretones de Adriana.
—Mamá encontró esto en tu escritorio —dijo Mauricio—. Estados de cuenta, fotos, copias de mis transferencias. ¿Pensabas denunciarme?
Adriana dejó que sus hombros se hundieran.
—Tenía miedo.
Él sonrió, satisfecho.
—Deberías tenerlo. Mañana firmarás una carta donde aceptas que inventaste todo por una crisis emocional. También transferirás la herencia de tu abuela a una cuenta que yo te daré. Si te niegas, diremos que eres inestable y que intentaste atacarme.
—Nosotros confirmaremos su versión —añadió Beatriz—. Una familia decente protege a los suyos.
Ernesto levantó su vaso desde el pasillo.
—Tres testimonios contra uno. Haz las cuentas.
Ellos creían haber encontrado las pruebas originales. No sabían que aquella carpeta era un señuelo preparado por Adriana: copias incompletas, suficientes para hacerlos hablar, inútiles para destruir el caso. Los archivos verdaderos estaban en poder de la FGR, de su abogada y de la Fiscalía de Nuevo León.
Mauricio le apretó la mandíbula.
—Mañana harás exactamente lo que te diga.
Adriana miró por encima de su hombro hacia la ventana. Dos camionetas negras acababan de detenerse sin luces frente a la casa. Varias sombras avanzaban junto a la barda.
Por primera vez esa noche, ella sonrió.
Mauricio aflojó los dedos.
—¿Qué te causa tanta gracia?
Antes de que Adriana pudiera responder, alguien golpeó la puerta principal con una fuerza que hizo vibrar toda la casa.
—¡Fiscalía General de la República! ¡Abran inmediatamente!
El rostro de Mauricio perdió todo el color, pero su mano derecha se deslizó hacia el cajón donde guardaba una pistola.

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