—No digas nada —respondió ella—. Solo respóndeme una cosa: ¿la amas?
Él abrió la boca… y la cerró.
—No lo sé. Estoy confundido.
Marina asintió, como si lo esperara.
—Bien. Entonces haremos esto: tienes una semana. Llévate la maleta y vete a casa de un amigo, a un hotel, donde sea. Piensa en nosotros, en lo que quieres, en el costo real de tu decisión. En una semana regresas y me dices qué vas a hacer.
—¿Y si decido irme?
—Te irás —respondió, con la voz apenas temblorosa—. No voy a detenerte. Pero quiero que estés absolutamente seguro.
Andrés, de pronto, la vio distinta: la serenidad, la dignidad, la fuerza que lo enamoraron al principio… y que había olvidado mirar.
—No te merezco —susurró.
—Tal vez —esbozó una sonrisa débil—. Pero el que decide eres tú. Ahora vete. No me llames en estos días.
Él tomó la maleta.
—Nos vemos en una semana.
—Nos vemos.
Cuando se cerró la puerta, Marina volvió a la sala. Observó el pastel, las fotos, las luces. Se acercó a la ventana y lo vio abajo, con la maleta, dudando, alejándose por fin.
Llevó la mano al vientre. No estaba embarazada. Había pedido a Alejandro, un amigo del colegio, que la ayudara a montar la escena. Sabía que la mentira no es buen cimiento para reconstruir, pero también sabía que a veces alguien necesita perderlo todo para entender qué valía tenía.
Apagó las luces y se dirigió a la recámara. “La noche trae consejo”, solía decir su abuela. Tenía una semana por delante.
Epílogo (una semana después)
Andrés volvió puntual. Olía a lluvia en el pasillo.