Creyó que podía ganarle la partida al oficial. Pensó que una frase ingeniosa, una sonrisa segura y un chiste bien colocado bastarían para transformar una situación grave en algo trivial. Sin embargo, en aquella carretera oscura y solitaria, con el olor a alcohol flotando en el aire y su equilibrio ya fallándole, no había absolutamente nada gracioso en lo que estaba ocurriendo.
Un control de tránsito como tantos otros
La parada comenzó como muchas otras noches. Un auto se desviaba levemente del carril, luego se corregía y volvía a zigzaguear. La carretera estaba en silencio, los faros iluminaban el asfalto y el oficial al volante de la patrulla comprendió de inmediato que algo no andaba bien.
Cuando las luces intermitentes aparecieron en el espejo retrovisor, el conductor se orilló lentamente, como si quisiera demostrar que tenía todo bajo control. Pero justamente el control era lo que ya había perdido.