Esa misma noche, durante la cena, Rareș le anunció que al día siguiente iría al cumpleaños de su amigo Teo. Su tono sonaba ensayado. Irina, con el corazón apretado, llamó a la madre del amigo y confirmó sus sospechas: no había ninguna fiesta. El cumpleaños real era recién el mes siguiente.
En ese momento tomó una decisión: al día siguiente seguiría a su hijo para descubrir la verdad.
Siguiendo los pasos del niño
Estacionó frente a la escuela y esperó. Cuando sonó el timbre, vio salir a Rareș con paso firme, sin dudarlo, como quien conoce bien el camino. Después de unos quince minutos de caminata, el niño se detuvo frente a una casa imponente, con rejas altas y un jardín impecable. Tocó el timbre y la puerta se abrió de inmediato: alguien lo esperaba.
Al asomarse entre los barrotes, Irina quedó sin aire. Su hijo estaba en el jardín con un rastrillo en la mano, juntando hojas, regando el pasto y barriendo el sendero, como si fuera un trabajador más de la casa.
La verdad detrás del dinero
Sin pensarlo dos veces, tocó el timbre. Un señor de unos setenta años, de mirada amable y modales cálidos, abrió la puerta. Se presentó como Leon. Al escuchar que era la madre de Rareș, sonrió con dulzura y le dijo: «Tiene usted un hijo maravilloso.»
Leon le explicó que Rareș no trabajaba para él en el sentido estricto. Todo había comenzado tres meses antes, cuando el niño se ofreció a ayudarlo a cargar las bolsas del supermercado. Conversaron en el camino y Rareș se enteró de que Leon vivía solo y que sus familiares casi nunca lo visitaban. Al ver el enorme jardín del anciano, se le ocurrió ofrecerse a ayudarlo con las tareas: regar las plantas, barrer el patio, alimentar a los peces del estanque. A cambio, Leon le daba algo de dinero.
Cuando Irina le preguntó a su hijo por qué había hecho todo eso, el pequeño rompió en llanto:
«Por vos, mamá. Por nosotros. Trabajás mucho, siempre estás cansada. Quería ayudarte. Junté cada moneda. Quería sorprenderte para que quizás no tuvieras que trabajar tanto. Mi meta eran 20.000 lei.»