Cuando nuestro hijo llegó al mundo, una verdad se hizo evidente. El perdón no borra lo que se hizo, pero abre la puerta a una forma distinta de amar: más consciente, más atenta, más humilde.
A veces no son las palabras ni las promesas las que reparan una pareja, sino la fuerza silenciosa del perdón, sostenida por alguien que decide, a pesar de todo, seguir creyendo en el mañana. Esa fue la lección más valiosa que recibí: que el amor verdadero no está exento de heridas, pero sí puede encontrar, en medio de ellas, un camino para renacer