Le di acceso.
La visita con su prometida
Semanas después vino con su prometida, Brenda.
Era joven, elegante y tenía una mirada calculadora que recorría la casa como si ya estuviera evaluando un negocio.
—Esta casa debe valer bastante —comentó sin disimulo.
—Es mi hogar. No está en venta —respondí.
Diego se rió, restándole importancia. Pero algo en esa escena quedó flotando, incómodo.
El robo
Un domingo revisé mis cuentas como siempre. El café se me enfrió en la mano.
Mis ahorros, $17,000 reunidos durante décadas, habían desaparecido casi por completo. La cuenta corriente estaba prácticamente vacía.
Llamé al banco. Me confirmaron que las transferencias se habían hecho desde mi banca en línea hacia una cuenta a nombre de Diego.
Colgué sin decir palabra y pasé horas mirando una pared, intentando entender cómo mi propio hijo podía hacerme algo así.