PARTE 1
“Ya no representas mi éxito, Mariana. Esta noche necesito a alguien que sí se vea a mi altura.”
Diego Santillán dijo esas palabras frente al espejo del vestíbulo, mientras acomodaba el nudo de su corbata negra como si acabara de resolver un asunto de oficina y no de partirle algo por dentro a su esposa.
Mariana Rivas se quedó inmóvil al pie de la escalera de la casa en Lomas de Chapultepec. Llevaba un vestido azul marino, sencillo, elegante, de esos que no gritaban precio pero sí buen gusto. Lo había usado años atrás en una cena benéfica del Hospital General, cuando Diego todavía le pedía revisar sus presentaciones y corregirle los discursos antes de reunirse con inversionistas.
Esa noche, sin embargo, la miró como si fuera una mancha en una fotografía perfecta.
“El vestido está bien”, respondió Mariana, intentando mantener la voz firme. “La invitación dice gala formal.”
Diego soltó una risa breve, seca.
“Formal no significa viejo. Hoy van a estar los directivos de VitaNova, los médicos del consorcio y el inversionista que llevo meses intentando cerrar. No puedo aparecer contigo así.”
Así.