La palabra cayó sobre ella como agua helada.
En la puerta de la cocina, Lupita, la señora que trabajaba en la casa desde hacía años, bajó la mirada. Mariana sintió más vergüenza por tener testigos que por el insulto mismo.
“Hace un mes me dijiste que querías que fuera contigo”, dijo Mariana.
“Hace un mes pensé que entenderías la importancia de esta noche.”
Diego tomó su saco del perchero.
“Valeria ya está afuera. Ella sí conoce el proyecto completo y puede hablar con cualquiera sin hacerme quedar mal.”
Mariana giró la cabeza hacia la ventana.
Un auto negro esperaba frente a la entrada. En el asiento trasero, Valeria Montes, directora de alianzas estratégicas de la empresa de Diego, acomodaba su cabello sobre un vestido dorado. En sus orejas brillaban unos aretes de diamantes que Mariana reconoció de inmediato.
Los había visto tres semanas antes en el estado de cuenta de la tarjeta familiar.
Diego le había dicho que eran “un obsequio corporativo para una consultora extranjera”.
Mariana respiró despacio.
“Esos aretes los pagaste con nuestra cuenta.”
Diego no parpadeó.
“No empieces.”
“Me dijiste que eran para una consultora.”
“Valeria cerró reuniones que tú ni siquiera entenderías. Hay gastos que forman parte de crecer.”
“¿Y llevarla a la gala también forma parte de crecer?”
Por primera vez, Diego dejó de sonreír.
“Forma parte de no cargar con alguien que se quedó atrás.”
Mariana lo miró. No gritó. No lloró. Algo en su silencio pareció incomodarlo más que una escena.
“Yo estuve contigo cuando la empresa era una oficina rentada en la colonia Del Valle”, dijo ella. “Yo traduje contratos, llamé médicos, preparé carpetas, conseguí tus primeras reuniones.”