Ella caminó hasta él y apoyó la frente en su pecho.
“Perdón”, susurró.
Arturo le acarició el cabello.
“Una hija no se disculpa por volver a casa.”
Lupita se tapó la boca con una mano.
“¿Usted es el papá de la señora?”
Arturo se volvió hacia ella.
“Sí. Y parece que usted ha sido más familia para Mariana que muchos en esta casa.”
La mujer bajó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.
Mariana no pudo sostener esa escena. Le dolía demasiado entender cuántas personas habían visto su tristeza antes que ella misma.
En el auto, rumbo a Santa Fe, Arturo le explicó lo que su equipo había descubierto esa misma tarde. TecnoSalud Santillán solicitaba 180 millones de pesos para expandir la producción de un dispositivo de monitoreo cardíaco. El proyecto era prometedor, pero las cuentas tenían grietas.
Pagos duplicados. Consultoras fantasma. Gastos personales disfrazados de investigación. Transferencias a una empresa ligada al hermano de Valeria.
“¿Ya ibas a cancelar la inversión?”, preguntó Mariana.
“Iba a escuchar al consejo antes de decidir. Pero ahora hay algo más grave.”
“¿Qué?”
Arturo le entregó una carpeta.
En la primera página aparecía la copia de un documento interno de TecnoSalud. Mariana figuraba como “asesora patrimonial silenciosa” y supuesta intermediaria informal con Grupo Armenta Capital.
Ella leyó su nombre dos veces.
“Yo nunca firmé esto.”
“Lo sé.”
“Diego falsificó mi firma.”
“Eso parece.”
Mariana sintió que la humillación se transformaba en otra cosa. Ya no era solo una esposa reemplazada por una mujer más brillante en una gala. Era una pieza usada en una negociación que ni siquiera sabía que existía.
“Papá…”
Arturo tomó su mano.
“Esta noche no vas a pelear sola.”
Al llegar al hotel, las luces de la Gala Nacional de Innovación Médica iluminaban la entrada como si todo fuera limpio, moderno, impecable. Cámaras, empresarios, médicos y periodistas esperaban la llegada de Arturo Rivas.
Cuando él bajó del auto, los fotógrafos se acercaron.
“Señor Rivas, ¿confirma la inversión en TecnoSalud?”
“¿Grupo Armenta entra al sector de dispositivos cardiacos?”
Arturo no respondió.
Solo extendió la mano hacia Mariana.
Ella bajó del auto con su vestido azul marino, el mismo que Diego había considerado una vergüenza.
Algunas cámaras giraron hacia ella. Unos invitados la reconocieron por el parecido con Arturo. Otros solo vieron a una mujer serena entrando del brazo del inversionista más esperado de la noche.
Dentro del salón, Diego estaba junto al escenario.
Valeria reía a su lado, tocándose los aretes de diamantes con una seguridad casi ofensiva. La mano de Diego descansaba apenas en la parte baja de su espalda.
Entonces Valeria vio a Mariana.
Su sonrisa se apagó.