En el silencio del arcén, las risas desaparecieron. Lo que había comenzado como el intento de un hombre por librarse a base de palabras terminó siendo un recordatorio contundente: manejar bajo los efectos del alcohol nunca es motivo de broma.
Una frase ingeniosa no detiene un choque. Una respuesta graciosa no devuelve una vida. Y nadie está «perfectamente bien» cuando sus decisiones ponen en riesgo a los demás.
La decisión más importante suele tomarse mucho antes de girar la llave del auto. Pedir un servicio de transporte, entregarle las llaves a alguien sobrio, quedarse en el lugar donde uno está o hacer cualquier cosa menos manejar. Porque una sola mala decisión puede cambiarlo todo. Y ninguna broma vale una vida.