El sonido seco de la bofetada quedó suspendido en la cocina.
Después se dio vuelta y subió las escaleras como si nada hubiera pasado.
El silencio que dejó fue peor que el golpe.
En el baño, mirándome al espejo con el labio abierto y el ojo comenzando a hincharse, entendí algo que llevaba tiempo negando:
Si no hacía algo, algún día no sobreviviría a la siguiente.
La decisión frente al espejo
No vi a una víctima.
Vi a un hombre cansado de vivir con miedo en su propia casa.
Esa madrugada tomé la decisión más dura de mi vida: no escondería nada más.
No habría excusas.
No habría mentiras para protegerlo.
Solo verdad.
Cocinar para no derrumbarme
Volví a la cocina y, para mantener la cabeza firme, empecé a hacer panecillos. Era algo que siempre me calmaba. Mientras amasaba, la noche avanzaba lentamente.
Entre las 4 y las 5 de la madrugada, mientras el horno trabajaba, hice tres llamadas.
Primero a mi vecina Beatriz, jueza jubilada y amiga de toda la vida. No le expliqué todo; bastó decir que Julián me había agredido. Entendió de inmediato.