Aquellas palabras fueron como un golpe.
—¿Para qué?
Ethan respiró profundamente.
—Para protegerte.
No le creí.
Entonces sacó su teléfono y me mostró una fotografía.
Era una mujer que yo conocía.
Mi antigua asesora financiera.
La misma persona que, años atrás, había intentado convencerme de vender una de mis propiedades.
—Ella quería que te declararan incapaz de administrar tus bienes —dijo Ethan—. Tenía un plan para quedarse con una parte de tu patrimonio.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me infiltré en su círculo.
Me quedé mirándolo.
Según Ethan, había descubierto que varias personas estaban intentando aprovecharse de mujeres mayores con grandes patrimonios. Él había fingido ser un esposo interesado en el dinero para acercarse a ellos y descubrir quién estaba detrás.
Pero había cometido un error.
En lugar de contarme la verdad, había decidido mantenerme sedada para que pareciera que mis capacidades estaban deteriorándose.
—Eso no te da derecho a drogarme —le dije.
—Lo sé.
Por primera vez vi miedo verdadero en sus ojos.
—Y por eso ya no puedo seguir mintiéndote.
A la mañana siguiente llevamos toda la documentación a las autoridades.
La investigación reveló que la antigua asesora financiera de Lilian estaba relacionada con una red que intentaba obtener el control de los bienes de personas mayores mediante engaños, manipulación y documentos falsificados.
Pero Ethan tampoco quedó libre de consecuencias.
Aunque aseguraba haber actuado para proteger a Lilian, había cruzado una línea imperdonable al administrarle sustancias sin su consentimiento.
Nuestro matrimonio terminó meses después.
No porque la diferencia de edad hubiera sido un problema.