La primera noche que toqué frente a ellos, los dedos me temblaron. Pero ocurrió algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar: nadie miró el teléfono, nadie miró el reloj, todos me escucharon. Puede parecer un detalle pequeño, insignificante. Para mí no lo era. Para mí lo era todo.
La llamada inesperada
Un domingo sonó el teléfono. Era mi hija.
—Papá, ¿dónde estás? —me preguntó, con una sorpresa que no pude ignorar.
—En la montaña —le contesté.
—¿En la montaña?
—Sí, vine a pasar el fin de semana con unos amigos.
Hubo un silencio largo del otro lado. Luego dijo:
—No sabía que tenías amigos con los que salieras de viaje.
Sonreí antes de responder.
—Nunca lo preguntaste.
No lo dije con rencor ni con la intención de herirla. Tal vez por eso mismo le dolió tanto.
Un cumpleaños diferente
Algunas semanas después llegó mi cumpleaños. Me desperté sin expectativas, algo que nunca me había sucedido antes. En los años anteriores, me sentaba cerca del teléfono esperando que alguien de mi familia recordara la fecha. Esta vez tenía planes propios: Mircea y los demás habían reservado una mesa en un restaurante.