Mi esposo dijo: “Ya no representas mi éxito”, y me dejó en casa. Luego llegó a la gala con otra mujer, usando joyas pagadas con nuestra cuenta familiar. Una hora después, entré al salón del brazo del inversionista que él llevaba meses persiguiendo… y entonces descubrió que ese hombre era mi padre.

“Y te lo agradecí. Pero eso fue antes. Ahora TecnoSalud Santillán está en otro nivel.”

Se acercó a la puerta.

“Quédate. Lupita puede servirte algo. Cuando vuelva, hablamos.”

“¿Vas a presentarla como tu pareja?”

Diego la miró por encima del hombro.

“Voy a presentarla como lo que es: la mujer que sí entiende hacia dónde voy.”

Luego abrió la puerta y se fue.

Mariana escuchó el motor alejarse por la calle arbolada. Durante unos segundos, la casa quedó tan quieta que hasta el reloj del pasillo parecía hacer ruido de más.

Lupita se acercó con cuidado.

“Señora Mariana… ¿quiere que le prepare un té?”

Mariana negó con la cabeza.

“No. Necesito hacer una llamada.”

Subió al estudio que Diego casi nunca usaba. En el último cajón del escritorio guardaba un celular viejo, uno que no había encendido desde que decidió alejarse de la sombra de su familia.

Tres años antes, Mariana se había casado con Diego contra la opinión de su padre, Arturo Rivas, fundador de Grupo Armenta Capital, uno de los fondos de inversión médica más influyentes de México. Diego sabía que su suegro “trabajaba en finanzas”, pero Mariana nunca le permitió saber más.

Quería saber si alguien podía amarla sin su apellido.

Esa noche, al marcar, entendió que quizá había confundido amor con hambre bien disfrazada.

La llamada entró al segundo tono.

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